La pasajera
A veces miras a tu alrededor y sólo puedes ver la suciedad de sus uñas, sus suelas desgastadas, sus pantalones rotos y sus muecas más terribles, adivinando lo mucho que sufrieron cuando contemplas ese disfraz de arrugas que les da relieve a sus rostros…
No quiero contarte los dolores afilados porque, aunque los has vivido y los comprendes, siento en tus palabras un infructuoso consuelo. Prefiero tus abrazos envolventes… y tu silencio.
Por qué atormentarme; bien sé que los capítulos amargos suceden a los felices y viceversa. Bien sé que este llanto cesará en breve, apenas durará minutos, tal vez horas… y la meditación que me absorbe puede que unos días. Para qué pararme a sufrir…
PORQUE SUFRIR ES LA ÚNICA FORMA DE ENTERARSE de lo que te pesa dentro; de lo que te envenena y te mancha la sonrisa, de lo que te hace sentir desplazada de tu escenario de vida, de tu propia historia.
¿Y qué es lo que a mí me pesa?
Que me he pasado la mitad de mi vida o más tiempo enfadada con mi madre, muy enfadada. Mucho. MUCHÍSIMO.
PORQUE SE MURIÓ Y YO SEGUÍA ENFADADA. Porque ya no está y yo sigo enfadada. Porque debí enfadarme ya un montón cuando era pequeña… y crecí enfadada por Dios sabe cuantos millones de cosas… y siempre me sentía enfadada, terriblemente traicionada por ella en todas las dimensiones posibles… por su ejemplaridad, incumplida absolutamente, por mi idealismo, absurdo en todas sus dimensiones, porque los seres humanos somos inequívocamente falibles… ¡lo que moral y éticamente es tan reprobable! ¿¡Cómo es posible que les pongamos semejante trampa de culpabilidad desde el mismo momento en el que nacen nuestro hijos!?
Mis oídos con frecuencia adolecían. Mi garganta no parecía tener menos interés en distinguirse. La primavera me lanzaba un mensaje contrario a la bienvenida cuando el polen inflamaba mis vías respiratorias, como un recordatorio de que, quizás, no debía haber venido al mundo… ¡Y lo mucho que me gusta estar viva! ¿Por qué? ¿Para qué?
Y en la adolescencia, de tanto querer correr y crecer, mis rodillas se quejaron. Y tal vez como señal de que no podría escapar de ella tan fácilmente. De ELLA….
De ELY.
¿Como si ella fuera una maldición? Ella no. Su lado más dañino, herido, hastiado, convulso y cruel. LO TENÍA. Quién no lo tiene. No toda ella era así, pero sí una parte importante que no podía separar, de la que era imposible despojarse, ni acallarla, domesticarla o aplacarla. Imposible. Realmente imposible. Mi madre, mi querida madre, la que me hacía enfadar tanto como soñar, mi mamá, tenía una dualidad tan afilada y deslumbrante, que ninguna persona que la conociese puede negar su existencia.
Este el inicio de un viaje. Y yo sólo soy una pasajera del más inesperado trayecto.
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