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Mostrando entradas de marzo, 2021

La pasajera

A veces miras a tu alrededor y sólo puedes ver la suciedad de sus uñas, sus suelas desgastadas, sus pantalones rotos y sus muecas más terribles, adivinando lo mucho que sufrieron cuando contemplas ese disfraz de arrugas que les da relieve a sus rostros… No quiero contarte los dolores afilados porque, aunque los has vivido y los comprendes, siento en tus palabras un infructuoso consuelo. Prefiero tus abrazos envolventes… y tu silencio. Por qué atormentarme; bien sé que los capítulos amargos suceden a los felices y viceversa. Bien sé que este llanto cesará en breve, apenas durará minutos, tal vez horas… y la meditación que me absorbe puede que unos días. Para qué pararme a sufrir…  PORQUE SUFRIR ES LA ÚNICA FORMA DE ENTERARSE de lo que te pesa dentro; de lo que te envenena y te mancha la sonrisa, de lo que te hace sentir desplazada de tu escenario de vida, de tu propia historia.  ¿Y qué es lo que a mí me pesa?  Que me he pasado la mitad de mi vida o más tiempo enf...

Se me manchan los dedos de pereza y olvido…

     Me lloran los nudillos. Se me escapa una bocanada de tragedia de estos labios mohínos y desangrados. Se me desgarra una a una cada costilla. Se me angosta el alma. Se me deshace cada tejido interior con una presión de puro vacío y desgana.       ¿Qué puede ser, doctor? Hace un año que vi a mi madre por última vez en la cama de un hospital, en la UCI, una imagen hace un año insólita y desacostumbrada, y hoy terriblemente familiar y perniciosa.        ¿Me puede ayudar? ¿Qué me pasa? ¿Será que la pena ha llegado silenciosa para machacarme y desarmarme con la ironía de una sonrisa fugaz y temblorosa? ¿Será que el olvido ha reemplazado a los recuerdos abruptos y crueles de una madre que quería perecer? ¿Qué me queda de aquella iracunda progenitora que podía aún marcar las palabras “dejadme morir” en una tableta de petróleo manoseada y fría, a pesar de los imbatibles calmantes, la posición desmejorada, el desnudo prohibido y un bend...

Las palabras que crecen

     Algunas veces puedo notar como las palabras crecen en mi cerebro haciéndose grandes y visibles como si fueran rótulos en una estación de tren, o monitores en un aeropuerto.        Surgen de una niebla espesa de reflexión, una mezcla entre dolor añejo e intensidad emocional presente, un compost de exageración, la intensidad salpicada de nostalgia y apatía, sin freno, sin perdón, sin comparación.     Surgen a borbotones, como espumoso agitado después de un triunfo y sin que éste se haya producido; pero con la misma violencia de un gas agitado, estos vocablos quieren expandirse y salpicar sin clemencia a quien haya destapado sus oídos y enjuagado sus ojos. Casi hirientes, insensibles, egoístas, atronadores.      Así llego hasta aquí, porque ya no se puede  contener, no cabe en cajitas fabricadas con el más dulce amor, no cabe en un cuerpo tan menudo, no atiende a razones ni argumentos, no me deja en paz. Esta ...