Se me manchan los dedos de pereza y olvido…
Me lloran los nudillos. Se me escapa una bocanada de tragedia de estos labios mohínos y desangrados. Se me desgarra una a una cada costilla. Se me angosta el alma. Se me deshace cada tejido interior con una presión de puro vacío y desgana.
¿Qué puede ser, doctor? Hace un año que vi a mi madre por última vez en la cama de un hospital, en la UCI, una imagen hace un año insólita y desacostumbrada, y hoy terriblemente familiar y perniciosa.
¿Me puede ayudar? ¿Qué me pasa? ¿Será que la pena ha llegado silenciosa para machacarme y desarmarme con la ironía de una sonrisa fugaz y temblorosa? ¿Será que el olvido ha reemplazado a los recuerdos abruptos y crueles de una madre que quería perecer? ¿Qué me queda de aquella iracunda progenitora que podía aún marcar las palabras “dejadme morir” en una tableta de petróleo manoseada y fría, a pesar de los imbatibles calmantes, la posición desmejorada, el desnudo prohibido y un bendito pulmón motorizado ajeno a su cuerpo?
Que me duele el alma. Que tengo trocitos de sangre gélida y lágrimas de fuego en el corazón… Que aunque ya no pueda recordarte como antaño, que aunque ya no pueda llorarte como días atrás, que aunque a veces te añore como el hambriento a un trozo de pan… Estoy aquí sin ti. Y era aún pronto para irte.
No te reprocho, no te esquivo, no te huyo, no te enfrento a esta cuarentona crecida de responsabilidad y atrevimiento. No te juzgo, ya me pasé haciéndolo. Te dejo ir, con tanta pena como alegría, que también supiste regalarme dulces momentos, tan queridos, tan importantes, tan llenos de magia, que me han hecho creer que merezco todo lo que logre en esta vida.
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